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Ntra. Sra. del Rosario de Pompeya

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Ntra. Sra. del Rosario de Pompeya
Ntra. Sra. del Rosario de Pompeya
Historia En 1872, Bartolo Longo se instaló en una pequeña comunidad cercana a Pompeya en la que sus habitantes habían construido una humilde capilla pero, tras morir su sacerdote, ya no había misas y los fieles fueron alejándose de la Iglesia. Una noche Longo se le apareció en sueños un amigo muerto que le dijo: “Salva a esta gente, Bartolo.  Propaga el Rosario.  Haz que lo recen.  María prometió la salvación para quienes lo hagan”. Bartolo repartió rosarios entre los vecinos y entre todos comenzaron a reparar la capilla y a rezar el Santo Rosario. En 1878, Sor Maria Concetta De Litala, del Convento del Rosariello en Porta Medina en Nápoles regaló a Bartolo Longo un cuadro de Nuestra Señora entregando el Santo Rosario a Santo Domingo de Guzmán y a Santa Rosa de Lima, que puesto sobre el altar, pronto comenzó a obrar milagros. El primero de ellos fue el mismo día de su colocación en el altar. Una niña llamada Clorida Lucarelli, considerada incurable,  sanó completamente de las terribles convulsiones que sufría. Poco después, Longo encargó una restauración en la que se sustituyó a Santa Rosa de Lima por Santa Catalina de Siena. La advocación de la Virgen del Rosario de Pompeya o “Madonna di Pompei” se celebra el 8 de mayo para conmemorar la colocación de la primera piedra del santuario y la imposición en la imagen de una diadema de brillantes bendecida por el Papa León XIII. El 7 de mayo de 2003 Juan Pablo II, quien públicamente indicó que el Santo Rosario era su rezo favorito, realizó una visita pastoral a este santuario. Indulgencias del Rosario Numerosos Papas han sido muy devotos de esta advocación y le han asignado numerosas indulgencias. “Se confiere una indulgencia plenaria si el rosario se reza en una iglesia o un oratorio público o en familia, en una comunidad religiosa o asociación pía; se otorga una indulgencia parcial en otras circunstancias” (Enchiridion de Indulgencias, pág. 67) Indulgencia plenaria

Condiciones necesarias para ganarla mediante el Rosario:

1ª  Que se recen las cinco decenas del Rosario sin interrupción.

2ª  Que las oraciones sean recitadas y los Misterios meditados. 3ª  Si el Rosario es público, los Misterios deben ser anunciados. 4ª  Además, las tres siguientes:

* Confesión sacramental (una semana antes o después),

* Comunión eucarística (una semana antes o después, aunque es conveniente que se reciba el mismo día),

* Oraciones por las intenciones del Papa.

* Desafecto total al pecado, incluso venial.

La indulgencia puede ser aplicada a los difuntos.

La indulgencia plenaria solo puede ganarse una vez al día (excepto en peligro de muerte)

Indulgencia parcial

La Iglesia también concede una indulgencia parcial por cada una de las Avemarías que se rezan durante el Rosario. Si no se cumplen correctamente las condiciones para obtener la indulgencia plenaria, se gana indulgencia parcial. Novena para causas difíciles ¡Oh Santa Catalina de Siena, mi protectora y maestra! Tú que proteges a tus devotos cuando rezan el Rosario de María, asísteme en este instante, y dígnate rezar conmigo la Novena en honor de la Reina del Rosario, que ha colocado el trono de sus favores en el Valle de Pompeya, para que por tu intercesión obtenga yo la gracia que deseo. Así sea.  Luego se dice: V. Dios, venid en mi ayuda. R. Señor apresuraos a socorrerme. V. Gloria al Padre y al hijo y al Espíritu Santo. R. Como era en el principio, ahora y siempre y por todos los siglos de los siglos. Así sea. I. ¡Oh Virgen Inmaculada y Reina del Santo Rosario! en estos tiempos en que, apagada la fe en las almas, domina la impiedad, has querido levantar tu trono de Reina y Madre sobre la antigua Pompeya, morada de muertos paganos y desde aquel lugar, donde eran adorados los ídolos y demonios, Tú hoy, cual Madre de la divina gracia, derramas por doquiera los tesoros de las celestiales misericordias; ¡ah! desde aquel trono donde reinas vuelve, también a mí, oh María, esos tus ojos benignos, y ten piedad de mi, que tanto necesito de tu socorro. Muéstrate también conmigo cual te mostraste con tantos otros, verdadera Madre de misericordia, “Monstra te esse Matrem”, mientras de todo corazón Te saludo e invoco por mi Soberana y por Reina del Santísimo Rosario. Dios Te salve, Reina, Madre de misericordia… II. Mi alma rendida al pie de tu trono, oh grande y gloriosa Señora, te venera entre los gemidos y angustias que sobremanera la oprimen. En medio de las penas y agitaciones en que me hallo, levanto confiado los ojos hacia Ti, que te dignaste elegir para tu morada las campiñas de pobres y desamparados labriegos; y que frente a la ciudad y anfiteatro de deleites paganos, en donde reinan el silencio y las ruinas, cual Señora de las Victorias elevaste tu poderosa voz llamando de todas partes de Italia y del mundo católico a tus devotos hijos para que te levantasen un templo. ¡Oh! apiádate finalmente de está alma que yace aletargada bajo el polvo y las sombras de la muerte! Ten piedad de mi, ¡oh! Señora; ten piedad de mí que me hallo abrumado de miserias y humillaciones. Tú que eres exterminio de los demonios defiéndeme de los enemigos que me asedian. Tú que eres el Auxilio de los cristianos, sácame de las tribulaciones en que me hallo sumido. Tú que eres nuestra vida, triunfa de la muerte que amenaza mi alma en los peligros a que se halla expuesta. Devuélveme la paz, la tranquilidad, el amor, la salud. Así sea. Dios Te salve, Reina, Madre de misericordia… III. ¡Ay!… el oír que tantos han sido colmados de favores sólo porque a Ti acudieron con fe, me infunde nuevo aliento y valor para llamarte en mi socorro. Tú prometiste a Santo Domingo que el que deseara gracias las obtendría con tu Rosario; y yo con el Rosario en la mano, te llamo, oh Madre, al cumplimiento de tus maternales promesas. Aún más: Tú misma, oh Madre, has obrado continuos prodigios para excitar a tus hijos a que te levantaran un templo en Pompeya. Tú, pues, quieres enjugar nuestras lágrimas y aliviar nuestros afanes; y yo con el corazón en los labios, con fe viva te llamo e invoco: ¡Madre mía! ¡Madre querida! ¡Madre bella!… ¡Madre dulcísima, ayúdame! Madre y Reina del Santo Rosario, no tardes más en tender hacía mí tu poderosa mano y salvarme; porque la tardanza, como ves, me llevaría a la ruina. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia… IV. ¿Y a quién he de acudir yo sino a Ti, que eres el alivio de los miserables, el refugio de los desamparados, el consuelo de los afligidos? ¡Ah, si; lo confieso: abrumada miserablemente mi alma bajo el enorme peso de las culpas, no merece más que el infierno y es indigna de recibir tus favores! Mas, ¿no eres Tú la esperanza de quién desespera, la poderosa Medianera entre Dios y el hombre, la Abogada ante el trono del Altísimo, el Refugio de los pecadores? ¡Ah, basta que digas una sola palabra en mi favor a tu divino Hijo, para que El te escuche! Pídele, pues, oh Madre, la gracia que tanto necesito… (se pide la gracia que se desea). Sólo Tú puedes obtenérmela. Tú que eres mi única esperanza, mi consuelo, mi alegría, mi vida. Así lo espero, así sea. Dios Te salve, Reina, Madre de misericordia… V. ¡Oh Virgen y Reina del Santo Rosario! Tú que eres la Hija del Padre celestial, la Madre del Hijo divino, la Esposa del Espíritu Santo; Tú que todo lo puedes ante la Trinidad Santísima, debes obtenerme esta gracia para mi tan necesaria, a no ser que sea de obstáculo para mi eterna salvación… (aquí se especifica la gracia que se desea). Te la pido por la Concepción Inmaculada, por tu divina Maternidad, por tus gozos, por tus dolores, por tus triunfos. Te la pido por el Corazón de tu amoroso Jesús, por aquellos nueve meses que lo llevaste en tu seno, por los trabajos y sinsabores de su vida, por su acerba Pasión y Muerte de Cruz, por su santísimo Nombre y por su sangre preciosísima. Te la pido, finalmente, por tu dulcísimo Corazón, por tu glorioso Nombre, ¡oh María! que eres Estrella del mar, Señora poderosísima, Puerta del paraíso y Madre de todas las gracias. En Ti confío.., todo lo espero de Ti: Tú me has de salvar. Así sea. Dios Te salve, Reina, Madre de misericordia… V. Hazme digno de alabarte, oh Virgen Sagrada. R. Dame fortaleza contra tus enemigos. V. Ruega por nosotros, Reina del Santísimo Rosario. R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. ORACIÓN. Oh Dios, cuyo Hijo Unigénito con su vida, muerte y resurrección nos adquirió el premio de la salvación eterna, concedenos, os suplicamos, que meditando estos misterios en el Santísimo Rosario de la bienaventurada Virgen María, imitemos las virtudes que contienen y alcancemos los bienes que prometen. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Así sea.

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